Portar la luz

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Me topé con este meme hoy, en plena contingencia ambiental. Estaba con mis niños en casa, sin escuela, debido a los altos niveles de contaminación que sufrimos esta semana en la ciudad de México. No sé si debía darme risa esta imagen. No me reí, pero sí me dejó pensando.

Entiendo, de veras que sí. Somos demasiados. Y para ser completamente sincera, si tuviera que tomar la decisión en este momento, no tendría hijos. Pero resulta que los tengo y debido a ellos, soy una persona muy diferente de quien era hace diez años.

Hace diez años, no quería ver. Si me recomendaban un documental sobre el cambio climático o la contaminación, les daba el avión. El tema me provocaba ansiedad, entonces prefería no verlo de frente, no leer al respecto, no informarme y no hacer nada. Me hacía güey, porque francamente, es mucho más fácil y cómodo. La consciencia duele y te obliga a tomar decisiones, a cambiar de hábitos, a ver de frente lo que te asusta y pelear.

Nació Valentina y tuve que abrir los ojos: traje a mi hija a este mundo, soy responsable de otro ser humano. Es tremendo ese momento en que te llevas al bebé a casa y de pronto te caen un montón de veintes. Abrí los ojos y empecé a luchar. Y no digo que sea la ciudadana perfecta, sólo que Valentina hizo que me dieran ganas de ser mejor persona. Todos, todos los días, me levanto y hago lo mejor que puedo, por ella y por Gabriel.

Mi libro favorito es The Road (La carretera) de Cormac McCarthy. Trata de un hombre y su hijo, que hacen todo lo posible por sobrevivir en un mundo postapocalíptico. Todo se ha incendiado, no hay comida ni lugar seguro, y muchos han recurrido al canibalismo. Sí, ahora se preguntan por qué me gusta tanto este libro. Y es que, en medio de toda esa oscuridad, hay ternura, amor e incluso esperanza. El hombre le dice a su hijo que aunque hay mucha maldad en el mundo, ellos deben portar la luz.

Mis hijos hacen que luche. A veces me dan ganas de tirar la toalla, porque esta ciudad y este mundo lucen dolorosamente oscuros. Esta semana me ha costado, he tenido ganas de quedarme en la cama y llorar. Pero me levanto y sigo peleando, porque veo a mis hijos y encuentro luz, y haré todo lo que esté en mis manos para que nunca se apague.

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“Mamá no trabaja”

“Te tengo que decir algo. No está bonito.” Estábamos recogiendo la cocina después de cenar cuando Santiago me soltó esa bomba. “Okay, agárrate”, pensé. “Estaba platicando con Vale y me dijo que su mamá no trabaja. Y lo dijo con un tono que hasta a mí me hizo sentir mal.” Traté de contenerlo. No pude. Me solté llorando. Tardé un rato en recomponerme – la herida fue justo en mi punto débil. “Mamá no trabaja.” Ma-dres.

Al siguiente día, con la mente un poco más fría, platiqué con Vale. Le conté que antes de que ella naciera, yo trabajaba en una revista. Me gustaba mi trabajo: me pagaban por escribir, viajaba, entrevistaba a gente interesante… Pero después llegó ella, mi niña. Seguí trabajando. La dejaba con mi mamá, con mi hermana, con mi cuñada o con Conchita, la señora que trabaja con mis papás, a las 8:30 de la mañana. A veces veía a Vale a la hora de la comida y otras veces, hasta las 7 u 8 de la noche. Y después de unos meses de llorar todas las noches porque extrañaba demasiado a mi hija y escribir para la revista me daba cada vez menos satisfacciones, renuncié.

Durante los siguientes tres años, trabajé desde casa y todo funcionó mejor: pasaba más tiempo con Vale y Santiago, comíamos juntos casi todos los días, acomodaba mis horas de trabajo como yo quisiera, encontré proyectos que me gustaron mucho, ganaba dinero. Pero después llegó Gabriel y me sentí tan abrumada que dejé de aceptar chambas.

Hacemos fastforward al presente y heme aquí, como mamá de tiempo completo.

Le expliqué a Vale que esto es lo que yo elegí, porque es lo que mejor funciona para nuestra familia por ahora. Que hay otras cosas que quiero hacer cuando ellos crezcan un poco. Que me hace feliz estar con ellos la mayor parte de mi día. Y que aunque no me paguen, sí trabajo. Vale comprendió, me abrazó y se quedó muy tranquila.

Pero… ¿de dónde sacó que yo no trabajo? Eso es lo más fuerte: seguro lo escuchó de mi propia voz. Y fue hasta ayer cuando me di cuenta de eso, cuando un papá de la escuela de Gabriel me dijo “Tú trabajas por aquí, ¿verdad?” y le respondí “Yo no trabajo.”

“Yo no trabajo”, le digo a quien pregunte. Y después, casi invariablemente, suelto una justificación: Los horarios de mi marido son inestables y es mejor que yo me quede con los niños. Mis hijos sólo están en la escuela de 9 a 1 y no me rinde el tiempo. Muy pronto volveré a trabajar. Tengo muchos proyectos a futuro. Escribo cuentos en mis escasos ratos libres. Tengo tres blogs. Es sólo por ahora.

Todo eso es cierto. El problema es que yo sienta que tengo que justificar el no tener un trabajo remunerado. Y el problema más grande es que yo misma diga que no trabajo. ¡Carajo!

Recuerdo cuando mi madre nos decía que su trabajo como mamá era el más pesado que había tenido. Bah. Siempre le di avión. No comprendí que decía la verdad hasta que tuve a Vale. Ahora mis ratos libres son contados. Mis días y a veces, mis noches, están dedicadas a dos niños pequeños e inquietos, cuyas necesidades debo satisfacer. Cocino, limpio, juego, los llevo a sus clases, les cuento cuentos antes de dormir, me preocupo por ellos.

Supongo que me justifico porque esto no es lo que yo soñaba con hacer de grande. Vamos, yo ni siquiera estaba segura de que quisiera tener hijos, mi carrera era más importante. Tengo una necesidad creativa muy grande y satisfacerla era mi prioridad. Y aunque sigo escribiendo y tengo proyectos personales y leo, leo, leo para no sólo pensar en la maternidad… Esa ya no es la prioridad número uno. Y la verdad es que me cuesta aceptarlo, me cuesta decir que mi trabajo es cuidar a mi familia.

(Pausa. Estoy llorando.)

Ya no quiero justificarme. No quiero disculparme. Ni con los demás ni conmigo. Sí trabajo. Y mi trabajo es importante. Sé que no es para siempre, pero por ahora, esto es lo que mejor nos funciona como familia. Y sobre todo, por ahora, sólo por ahora (porque esto sólo dura un instante), ellos realmente me necesitan.

La normalidad

Hace unos días, fui a desayunar con una amiga y le comenté que me siento llena de energía desde que dejé de amamantar a Gabriel. Fueron 18 meses de lactancia y sí, estaba agotada. “¿Seguías dándole leche?” me preguntó incrédula. “Pero ¿cuánto tiempo es lo normal? Como tres o cuatro meses, ¿no?”. Ella no es mamá. No se ha chutado todos los artículos sobre lactancia que yo he devorado. Sus preguntas no eran malintencionadas, pero después de oírlas, no dejaron de rondar por mi cabeza ese día.

Le di pecho durante 18 meses (más tiempo del que me había propuesto originalmente) porque me sentía bien. Porque lo vi crecer sano y fuerte. Porque la lactancia creó un vínculo maravilloso entre los dos. Porque, una vez superado el primer mes infame, resultó muy, muy cómodo (no hay que lavar mamilas ni cargarlas pa’ todos lados, ni preparar fórmula, ni calentar leche). Y más concretamente: porque funcionó para nosotros.

Eso es lo que quiero decir: que no existe lo “normal”. Hay distintas formas de ser mamá, de criar a nuestros hijos y en general, de ser humano. Y quizá si reforzáramos esta idea en nuestros cerebros, seríamos más amables con los demás e incluso con nosotros mismos. No, yo no soy normal.

La carga moral

Nadie me advirtió que al embarazarme, también engendraría una tremenda carga moral. Debí suponerlo tan sólo con observar a mi propia madre, pero creo que nunca me detuve a reflexionar sobre ello.

Pongo todo de mi parte para hacer esto bien, pero aún así, nunca parece suficiente. Todos los días, siento que podría haber hecho algo más, algo diferente, algo mejor. Siento responsabilidad por lo que hacen mis hijos y por lo que les sucede; el peso de este compromiso me parece tan evidente que a veces me lo imagino como una mochila sobre los hombros. Su contenido es muy variado: desde sentir que quizá mi hija es berrinchuda porque no le estoy poniendo suficiente atención hasta la culpabilidad de traer niños a un mundo que a veces luce tan oscuro.

Hay días en los que me siento fuerte y puedo cargar con el peso sin problema. Y hay otros en que me duelen los hombros, la espalda, el corazón. Cuántos kilos de pensamientos, sentimientos, de responsabilidad.

Hoy es uno de esos días difíciles en los que debo sentarme un momento, descansar los hombros y recordar que sin importar lo que haga, habrá caídas, tropiezos, golpes físicos y espirituales… Y sólo me queda poner alma, mente y corazón en esto, echarle ganas y tener los brazos abiertos por si necesitan un abrazo. No soy perfecta, me seguiré equivocando, pero espero que sepan cuánto los quiero y que cuentan con su madre.

Hace un año

(Escrito en la noche del primer cumpleaños de Gabriel, 22 de abril de 2017.)

Los cumpleaños de mis hijos me ponen inevitablemente sentimental. No me considero propensa a la nostalgia, pero estas ocasiones son excepcionales.

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Llorosa y emocionada, justo antes de partir rumbo al hospital.

Gabriel cumplió un año hoy. Está a punto de caminar. Dice mamá, papá, Vale, agua, galleta. Tiene cuatro dientes (casi seis) y una sonrisa fácil y contagiosa. Hoy es un niño grande y fuerte y listo y guapo (aunque claro, soy su mamá, así que no soy la fuente más objetiva). Pero hace un año…

Hace un año, caminé un buen rato en los Viveros de Coyoacán con los audífonos puestos y escuché la lista de canciones que preparé para el parto, mientras Santiago y Vale hacían carreras. Mis pasos eran interrumpidos cada tantos minutos por las contracciones, pero me sentía contenta. Nos tomamos una foto, la última como familia de tres. Mi mamá recogió a Vale en la casa poco después, la abracé fuerte y cuando se había ido, lloré un poco. Fue una sensación agridulce: se cerró una etapa, los cuatro años de Vale como hija única.

Santiago manejó hacia el hospital con toda la cautela posible y aun así, cada bache y cada tope fueron una tortura. Era viernes por la tarde y temí el caos citadino, pero los dioses del tránsito se compadecieron y llegamos rápido. Ya en el hospital, estuve de pie tanto tiempo como pude. Caminé entre contracciones, tomé mucha agua y recordé las clases de yoga prenatal. Respirar. Respirar. Respirar. Una. Contracción. A la vez.

A las diez de la noche, me encontraba en una especie de trance, buscando fuerza en lo más profundo. Le dije al bebé – y a mí misma – que estábamos preparados para esto. Sonó “A Eme O” de Andrea Echeverri en mi iPod y la tarareé muy quedito: “Mi cuerpo valiente parió a su pariente”.

Finalmente, cerca de las once, me llevaron a la sala de labor. “¿Sufriste?”, me preguntó Santiago más tarde. No. Dolió mucho, pero no sufrí. Durante los últimos momentos, el dolor pasó a segundo plano: sólo quería ver la cara de mi hijo. Y un par de contracciones más tarde, sucedió. Hace un año – despeinada, radiante, viva de un modo extasiante – sostuve a Gabriel en mis brazos por primera vez. La oxitocina hizo su trabajo: nada dolía, nada molestaba, la felicidad cayó como una manta tibia y suave sobre los dos. Mi bebé – sano, entero, con olor a cielo – estaba a mi lado.

El parto natural (una experiencia que no tuve con Valentina) fue fortalecedor, enriquecedor… se sintió como la cúspide de mi feminidad. Y la madrugada posterior me regaló algunas de las mejores horas de mi vida, mientras reconocía a mi niño y sentía el amor crecer con cada minuto.

Hace un año, Gabriel me enseñó tanto sobre ser mujer, mamá, humana. Y en los últimos doce meses, sus lecciones de vida han sido constantes. Es un honor tenerlo tan cerca para cuidarlo y quererlo. Le deseo muchos años más con salud, consciencia, compasión y amor. Que siempre sea generoso con sus sonrisas, porque iluminan a quienes lo rodean. Y en este mundo, hace falta más luz.

Escribir es un desmadre

La semana pasada, me topé con dos ensayos sobre la dificultad de ser mamá y escritora al mismo tiempo (aunque creo que su contenido podría aplicarse a cualquier trabajo creativo): “A Portrait of the Artist As a Young Mom” por Kim Brooks en The Cut y “Mother, Writer, Monster, Maid” por Rufi Thorpe en Vela. Lloré en más de una ocasión. Qué alivio identificarse tanto con sus palabras, saber que no soy la única cuya creatividad está trabada en esta etapa tan demandante de la maternidad.

“The conflict is between the selfishness of the artist and the selflessness of the mother” (“El conflicto está entre el egoísmo del artista y la abnegación de la madre”), escribe Thorpe. Explica cómo, cuando está inmersa en un proceso imaginativo, su mente se va a otra parte y esto se trasluce en sus gestos faciales. Su hija lo nota y se molesta.

A mí también me sucede; mi hermana, que compartía recámara conmigo en casa de mis papás, me lo decía todo el tiempo. Cuando estoy pensando en lo que voy a escribir, se dibuja una expresión ausente en mi cara. Y cuando uno es madre de niños pequeños, no puede estar ausente. Leí un estudio hace poco que explicaba cómo en esta etapa siempre estamos alertas; ni siquiera al dormir se relaja por completo nuestra mente. Por eso siempre estamos cansadas: nunca descansamos al cien por ciento.

Últimamente tengo muchas ganas de escribir, así que estoy en una constante búsqueda de ideas. Pero cuando empieza a encenderse el foco, algo sucede en mi entorno: Gabriel se cayó o está por agarrar una pieza diminuta de Lego o quiere que lo cargue o desenrolló todo el papel de baño; Valentina quiere que le haga un agua de limón o que la acompañe a algún lado o que le dibuje una bandera para un país imaginario. Así que el hilo que tejía la imaginación se corta abruptamente. “Estabas en la luna de queso”, me dice Valentina, con tono regañón.

“The point of art is to unsettle”, le señala una amiga a Kim Brooks. Y¿qué hace uno al formar una familia? Settle down. Lo opuesto, de algún modo, o al menos, conceptos muy distintos. Aunque esta analogía no se puede traducir tal cual al español, les propongo otra: escribir es un desmadre. No puede uno ocupar el cuerpo y la mente en la maternidad y escribir al mismo tiempo. Lo cual no significa que ser mamá sea incompatible con la vida creativa, sino que hay que dedicarle un tiempo específico del día, desmadrarse un rato.

Lo curioso es que ser mamá me ha dado mucho más que decir. El embarazo, con las molestias pero también la belleza que implica guardar una vida nueva; el parto, esos instantes salvajes, vertiginosos, llenos de dolor pero también de un amor explosivo; los primeros días después del parto, cuando todo parece un sueño intensísimo; y cómo ser madre te hace sentir más, te orilla a ser más consciente de todo, al punto que muchas veces la realidad nos hiere en lo más profundo del corazón.

Por eso quiero escribir: porque tengo cosas que decir y porque además, creo que es mi único talento real. No quiero hacerlo en el futuro, cuando haya tiempo; quiero hacerlo ahora, aunque sólo pueda darle rienda suelta a mi imaginación cuando los niños duermen o alguien más los cuida. Sé que es difícil, pero también que es posible. Zadie Smith, por ejemplo, con dos hijos y cinco novelas, me lo recuerda cada vez que veo su nombre en mi librero. Y Valeria Luiselli, joven y tremendamente talentosa, tiene una hija pequeña que presiento la impulsó a escribir su último (y desgarrador) libro sobre la migración infantil, Los niños perdidos. También Jenny Offill, cuya novela Dept. of Speculation acabo de devorar en menos de 24 horas, entre muchas otras. Confieso que a veces odio a estas mujeres, porque ellas lo han logrado y yo no. Pero sobre todo, las necesito y les agradezco ponerme el ejemplo. Si ellas pudieron, yo lo seguiré intentando.

El polvo mágico

Esta mañana, Gabriel se quedó dormido en mis brazos y aproveché la oportunidad para escribir un rato en la cama. Mientras lo hacía, Vale entró a la recámara y sin decir nada, se quitó los zapatos y se metió entre las cobijas para dormir una siesta. Tiene una flor metida en la cola de caballo que le hizo su papá. Gabriel trae puesto un mameluco de chango que era de su hermana.

Son la imagen exacta de la ternura… a veces no puedo creer que salieron de mi cuerpo. Por una corta temporada, son mi responsabilidad y lo más importante de mis días. Confían en mí y se sienten protegidos por mí: su papá y yo somos guardianes de pesadillas, maestros y hasta reyes magos.

Entre mocos y pañales sucios y berrinches y noches sin sueño, a veces olvidamos que la paternidad también está cubierta de brillante polvo de estrellas, que se manifiesta en estos raros y conmovedores momentos de calma, pero también en risas infantiles, en voces diminutas que dicen “mamá”, en preguntas curiosas o en gritos de júbilo en el parque.

Soy afortunada porque estos niños encontraron el camino hacia mí, de eso no hay duda.

No soy mi mamá

Sentí que llevaba mucho tiempo sin cortarme el pelo. Pero cuando hice la cuenta, no lo podía creer. La última vez que lo hice fue en noviembre. Noviembre. Hace diez meses que no me corto el pelo (con razón las puntas parecen de paja). Pensaba hacerlo antes de que naciera Gabriel, pero por una u otra razón, no lo hice. Después nació este pequeño y el caos doméstico aumentó. Y pensaba “como sea, no puedo andar de pelo suelto porque este niño me lo jala”. Iré uno de estos días, pero ese no es el punto. El punto es que mi mamá debe pensar lo peor de mí.

Mi mamá es asesora de imagen. Es sofisticada, es guapísima, no aparenta su edad y tiene un estilo único y envidiable. Yo soy mamá y periodista. Bueno, en realidad, sólo mamá en este momento. Y cada vez me arreglo menos. Hasta hace unos meses, todos los días me tapaba las ojeras, me enchinaba las pestañas, me ponía rímel y un poco de blush. Ahora, ni eso. Mi mamá tiene la decencia de no decirme nada, pero la conozco y sé lo que debe pensar: “mi hija es una fachosa”.

El otro día, con eso en mente, le pregunté a mi marido si estaba despeinada. “Tú siempre estás despeinada, Caro. Eres mamá de tiempo completo y no tienes tiempo de arreglarte el pelo.” Hizo una pausa, pensó un poco y volvió a hablar. “Y si tuvieras un poco de tiempo en tus manos, igual andarías despeinada, porque lo ocuparías en otra cosa.”

No soy mi mamá. Es cierto. Si tuviera un poco de tiempo libre todos los días, no lo invertiría en peinarme con la secadora, ni en hacerme un manicure, ni en maquillarme un montón. No es que esté mal invertirlo en eso, es sólo que no soy yo.

Hace unos días, fui a un desayuno con las mamás de la escuela de Vale. Fuck, cómo me costó trabajo socializar. Qué difícil es (para mí) hacer amigos de adulto. Se repartieron chambas: vocales, tesoreras, secretarias. No levanté la mano. Mi mamá siempre se involucraba: hacía dulces de choco krispies para las fiestas, se disfrazaba si hacía falta, iba a todas las juntas e incluso hizo sus mejores amigas actuales en nuestro kínder. Pero… no soy mi mamá.

Y por más que la admire y en realidad, sea mi único modelo a seguir en la maternidad y el más importante como mujer, no soy ella. Es sólo que… es difícil pavimentar mi propio camino. Pero no me queda de otra: lo haré, despeinada y un poco antisocial, pero con toda mi alma en ello.

 

La vía láctea (un camino lleno de errores) o Mi experiencia con la lactancia

A propósito de la Semana Mundial de Lactancia Materna.  Porque la información es poder y como mamás, creo que es útil compartir experiencias.

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Gabriel y yo, algunas horas después del parto.

He leído mucho sobre cómo se censura la lactancia o cómo se escandalizan algunas personas cuando ven a mujeres amamantando en público. Mi problema con la lactancia no ha sido éste. No me han lanzado una mirada morbosa o molesta mientras alimento a mis hijos (y si lo han hecho, no lo percibí). Mi problema fue con el hospital donde parí por primera vez, con la falta de apoyo en el trabajo y, sobre todo, con mi propia falta de información.

Durante mi primer embarazo, no leí sobre el parto ni la lactancia. Lo consideré innecesario y confié en los doctores; terminé arrepentida. Ahora me queda claro que la información es crucial durante estas etapas. El pediatra que recibió a Valentina nos dijo que apoyaba al cien por ciento la lactancia materna, pero la experiencia demostró lo contrario.

Al nacer Valentina, el pediatra la puso en mis brazos un minuto, me dijo que le diera un beso y después se la llevó al cunero. Como me habían puesto una epidural, fui llevada a la sala de recuperación, donde estuve sola durante una hora. (La hora más larga de mi vida. Si me preguntan cuál fue el peor momento del parto y el posparto, sin dudarlo les diré que fue ese.) Después de esto, me bajaron a la habitación y pasó otro rato antes de que trajeran a mi bebé e intentara pegarla a mi pecho, sin éxito. Al segundo día, finalmente lo logré. Y claro que fue difícil: le dieron fórmula en el cunero, sin preguntarme; la bebé llegaba a mis brazos con el estómago lleno y sin interés por el calostro que le ofrecía mi cuerpo. Pero yo ni siquiera me enojé. Pensé que era normal, que necesitaba la fórmula porque mi cuerpo sólo daba calostro y éste era muy poco para el bebé (?!). Se quedaría con hambre o sed sin la fórmula, ¿no?

Nunca logré producir suficiente leche con Vale (ahora pienso que todo fue un error de origen – si no le hubieran dado fórmula al principio, nos habríamos sincronizado mejor), así que tuvimos que complementar. Regresé al trabajo a los 45 días y en la oficina no había un lugar apropiado para extraerme leche. Esta mezcla de factores hizo que mi leche fuera menos cada día, hasta que a los tres meses, sencillamente se terminó. Afortunadamente, Vale creció bien, sana y fuerte, pero a mí se me hizo un huequito en el estómago y en el corazón cuando me quedé sin leche tan pronto.

Con Gabriel fue otra historia. Estaba sumamente arrepentida de mi ignorancia y de mis errores de novata. Tomé un curso psicoprofiláctico (donde era la única con un embarazo previo), fui a una plática con una asesora en lactancia, devoré libros y artículos sobre embarazo, parto y lactancia. Encontré una ginecóloga increíble, pro parto natural y lactancia, en un hospital que apoya el apego inmediato y el colecho.

El parto fue natural, intenso y maravilloso, y pocos minutos después de nacer, Gabriel ya succionaba mi pecho. Y lo más bonito: dormimos juntos y sólo lo llevaron al cunero para hacerle un par de estudios al siguiente día. Tomó calostro los primeros días y no, no tuvo hambre ni sed (¿cómo se me ocurrió dudar del alimento que diseñó la naturaleza para las crías?), pero sí recibió un montón de anticuerpos. A los tres días, empezó a bajar la leche y no hemos tenido problemas de escasez, a pesar de que Gabriel es un bebesaurio (tiene tres meses y usa ropa de seis) y un tragón. Además, esta vez no trabajo en una oficina, lo cual permite alimentarlo a libre demanda, sin preocuparme por buscar un lugar y un momento apropiado para extraerme leche. Cuando Gabriel quiere comer, me levanto la blusa y ya está.

Las primeras semanas fueron duras, no voy a mentir. Estaba adolorida y cansada, y hubo momentos en los que lloré mucho y no sabía si podría continuar. Pero pasaron. Y ahora veo que mi chamaco crece sano y fuerte, que no tengo que lavar mamilas (¡yei! mi esposo también lo agradece) y que tenemos un apego que me costó mucho más trabajo establecer con mi primogénita. Ahora entiendo por qué tantas mujeres hablan maravillas sobre la lactancia; sí, sí puede ser una experiencia mágica e inigualable. Saber que mi cuerpo alimenta a otro ser no deja de llenarme de asombro y todos los días agradezco esta segunda oportunidad. Ya no tengo arrepentimientos.

Materia madre

Abrí este blog hace un tiempo, pero apenas ahora empiezo a escribir. Porque hay cosas que no caben en Nomadeando, pero que tampoco quiero guardarme. Porque tengo ganas de escribir otra vez, pero como soy mamá a tiempo completo por ahora, éste es el tema que más me emociona. Así que ahí voy, con ganas de compartir momentos, sentimientos, experiencias, pero sin afán de decir qué está bien o mal – porque como todos los papás, sigo averiguándolo.